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Mi cuerpo vale

Mi cuerpo vale

Tinta Fresca: Mi cuerpo vale

19 DE JUNIO DE 2016, Revista Dominical, FERNANDO CHÁVES.

Hace muchos años, conocí a una princesa diminuta. Nunca más supe de ella. Aquel calor de frontera panameña, tras una tarde empapada, adormecía y atontaba. Solo me mantenía atento el zumbido de los camiones. No conocía a nadie.

Él tenía unos cinco o seis años, tal vez un poco menos, una cosa pequeñita, flaquita, de ojos inmensos. Con las pocas palabras que dominaba, nos dijo: “¿Quieren conocer a la Princesa Karol?”. Corrió adentro de la casa, sacudió algunas cajas y regresó con pulseras en las muñecas y un velo robado de quién sabe qué adorno. Empezó a bailar una danza con aires turcos, una coreografía robada de una telenovela turca o de sí misma. “¿Quién es la Princesa Karol?”, preguntamos. No había series de moda con ese personaje, ni películas, ni libros. Respondió: “Soy yo”, y las pulseras de su mamá, enormes para la muñeca delgadísima, también bailaban.

Uno se siente dueño de pocas cosas en la vida. Uno siempre estará inseguro del trabajo; también de la carrera u oficio elegidos, y peor aún de la pareja, de las amistades, del tiempo que queda. Lo único que siempre queda, a lo que uno regresa sin remedio, porque sabe que es un refugio exclusivo, es al cuerpo. Tal vez sea difícil de entender cómo un cuerpo llega a convertirse en un campo de batalla. Esta no es una era amable con la empatía.

Imagine, tal vez, caminar por la calle de la única manera en la que usted sabe caminar, con la única expresión que usted conoce, y ser perforado por dardos. Los obvios: “Loca, tortillera, playo, maricón, puta”. Los menos obvios: la mesera que atiende atarantada si ve a la cliente de la mano de la novia; el encorbatado padre de familia que prefiere un empleado a otro porque, pobre el primero, es “amanerado”.

Dirán: todo eso es imaginario. Y lo es, hasta que pasa. No en vano San Sebastián, mártir, ha sido una figura extrañamente cercana para los “diferentes” a lo largo de la historia del arte: atravesado por las flechas de sus torturadores, sobrevive, bello, lleno de fe, con su cuerpo barnizado por un nuevo valor: el de alguien que sabe que por él, por sus palabras y actos, sufre.

Se estima que más de 200 personas no heterosexuales murieron en los últimos siete años en Honduras. No murieron: las mataron. No sabemos cuántas en Costa Rica, ni a cuántas despidieron del trabajo, ni a cuántas echaron de su casa. Tampoco a cuántos niños los empujaron en el pasillo hasta hacerlos tropezar con el basurero, porque con eso terminan sintiéndose identificados, con el desecho.

En un libro reciente, Ta-Nehisi Coates dice: “La raza es la hija del racismo, no su madre”. Lo mismo podríamos decir de la fantasía perversa que justifica, para miles de comentaristas de Facebook estos días, la matanza en Orlando. Decir “No justifico esto, pero…” es justificarla.

Algunos cuerpos valen, otros no. Algunos cuerpos –el de una madre indígena, un cuerpo con piernas inmóviles, un cuerpo nacido en un barrio arruinado– están marcados de antemano, descartados porque parecen formar parte de una masa anónima, despreciable.

Donde hay un negro, hay miles más: no valen, no cuentan. Donde hay un playo, hay miles más: no urge proteger a ninguno. Me contaron que hay un tipo disparando con una pistola de balines a chicas trans de San José. Qué metáfora: la esfera centelleante grabándose en el cuerpo. Qué metáfora horrible.

Uno se mira el cuerpo y sabe que es solo de uno y lo vive como quiere: heterosexual, transgénero, lesbiana, bisexual, cualquier cosa, pero nunca “ninguna”. No tengo ni idea de por qué conocí a la Princesa Karol. No recuerdo su nombre (el otro), no sé adónde se encontrará ahora, pero espero que esté bien, que crezca feliz, con o sin pulseras, y que siga bailando, muchas noches, sus noches y sus días. Suyos.

 

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Alexa Esquivel

Feliz creadora de este sitio, siguiendo un sueño desde el 2001.

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